Como generación, tenemos
la triste casualidad histórica de ver el saldo ambiental de la explotación y
saqueo petrolero en el departamento. Claro que ya lo veníamos pronosticando en
cada uno de los talleres que hacíamos en las veredas. Y el pronóstico realmente
no lo hacíamos nosotros, lo hacían los campesinos quienes, en muchos lugares,
sólo veían las consecuencias de la exploración, no de la explotación que es sin
duda mucho más lesiva para el agua y los ecosistemas. Pero entonces, si lo
sabía el campesino, lo sabía el visitante, lo sabía el obrero, lo sabíamos
todos, ¿qué pasó?
Las políticas, más allá
del aparente consenso democrático de límpidas y honorables elecciones,
representan lo que detrás del escenario es la confrontación por los recursos
económicos. Desafortunadamente, como especie, como seres humanos, no fuimos
capaces de manejar colectiva y racionalmente en el siglo XX, los recursos para
no liquidarnos entre nosotros como depredadores. Afortunadamente, en el siglo
XX gran parte de la humanidad cayó en cuenta de que era una labor que
correspondía al pueblo organizado, porque los dueños de todo, los antiguos
colonizadores y ahora potencias mundiales, nunca tomarían estas decisiones. La
sed de riqueza, en todo y en todos, parece un caballo que se salió de la
carreta de la humanidad y ha venido destrozando todo a su paso. No se explica
de otra manera que hoy más de 700.000 barriles diarios de petróleo, con los
alrededor de 15 millones de barriles de agua saqueada que esto implica, sean
producidos para hacerle negocio al capital internacional de las multinacionales
y al capital nacional de políticos que viven de depredar los bienes de los
colombianos, en un ciclo corrupto de cada cuatro años. Un sistema de
depredación hemos creado, y como pueblo no hemos podido sumar la fuerza
necesaria para pararlo.
En Casanare la historia
es réplica fiel de esta realidad. Un departamento que en los 80's era rico en
flora, fauna y recursos hídricos. Decir que el pueblo casanareño no hizo nada
sería una mentira completa. Una sociedad estructurada a partir de la producción
agraria, se movilizó con el conjunto del campesinado para exigir un cambio en
la política. Así lo hizo en el Foro Petrolero de 1991 en el municipio de Yopal,
foro visionario donde el campesinado ya ponía el dedo señalando la catástrofe
que vendría. Ese proceso campesino ha cambiado. Durante dos décadas seguidas
luego de ese histórico Foro, el movimiento campesino fue sistemáticamente
perseguido, desarticuladas sus organizaciones, desaparecidos sus miembros, y
asesinado en un genocidio que para el departamento tiene similares magnitudes
que las del genocidio de la Unión Patriótica, e insisto, estamos hablando de la
población de un departamento pequeño.
Hoy, ante la crisis,
diferentes voces están pronunciándose, incluso las asociadas desde siempre al
poder político en el departamento. Manifiestan su indignación e incluso señalan
a las compañías petroleras. ¿Es suficiente esto para el movimiento social? No
es la primera vez que las clases políticas locales explotan una coyuntura
mediática para acumular en su carrera electoral. Sin embargo, es seguro que por
esta razón no se va a tocar el modo de producción y de asignación de recursos
en el departamento ni en el país. Ni siquiera se está poniendo en tela de
juicio el modelo de desarrollo minero energético, pues justamente esta semana
la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales otorgaba otra licencia para la
explotación petrolera en Paz de Ariporo y otros municipios. Nos corresponde
poner ahí el punto: Quiénes producen, para quienes, desde dónde se decide esto.
No somos los pueblos quienes estamos decidiendo sobre qué vamos a hacer con los
territorios, a nosotros sólo nos están quedando los daños. Mientras no se
cambie el modo de producción, seguirá la corrupción, el saqueo, los abusos.
Es claro entonces que
como mujeres, camp esinos, indígenas, trabajadores formales e informales,
desempleados, tenemos que organizarnos. En este sentido, el movimiento social
en Casanare enfrenta tres grandes retos. El primero de ellos, es vencer el
miedo generado por décadas de sistemático exterminio promovido por las fuerzas
estatales y para estatales. Es necesario continuar con los ejercicios de
memoria y organización, para ir avanzando así, en la reconstrucción del sector
campesino comunal en el departamento. El segundo reto, se refiere a que
Casanare ya no es el departamento predominantemente rural que era hace décadas,
sino que ha pasado por un proceso de urbanización creciente y ligado a dos
fuerzas: la industria petrolera y la paramilitarización social que la sustenta.
Yopal es ejemplo claro de esto, una ciudad de bandas criminales, con
microtráfico extendido, con una alta tasa de homicidios. Esto nos plantea la
necesidad de apuntarle a la construcción de un sector cívico popular, teniendo
en cuenta la necesidad de reconstruir tejido social en medio de la guerra
social impuesta. La difícil tarea requiere toda la creatividad de las
organizaciones sociales para ir ganando campo en la posibilidad de la unidad de
lo cívico popular con perspectivas más allá de la coyuntura.
En este sentido,
encontramos el tercer reto, y es el uso que de esta población urbana ha hecho
la clase política tradicional. A las crecientes demandas sociales, han sabido
cooptarlas y aprovecharlas en beneficio propio, aumentando las divisiones y las
posibilidades de un horizonte transformador en este sector de la población. Por
eso el reto en este sentido es instaurar en las bases de un movimiento cívico
popular que ya anda casi de manera espontánea en la ciudad, unas líneas de
reflexión y educación política capaces de orientar la acción hacia el cambio de
modo de producción, y no solo a la satisfacción de las reivindicaciones
inmediatas, sin necesidad de negar estas últimas. La tarea es pues, construir
bases en el movimiento cívico popular, que debido al cambio en la estructura
social del departamento, es decisivo hoy para transformaciones políticas de
fondo que permitan sacar a Casanare de la crisis y proponer desde el
departamento al país otras formas de vida, basados en una relación
verdaderamente racional como seres humanos frente a la naturaleza.


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